Estamos en una vieja ciudad asiática. En ese Volga Gaz de color verde, que acaba de frenar ante el semáforo, viajan los dos personajes de esta historia. El conductor, ese de pelo castaño peinado para atrás, se llama Tentiet; no debe pasar de los treinta y no es un tipo fulero, pero es rengo. El otro, el pelado vestido de negro, ¿ven la ceja derecha interrumpida con una cicatriz?, ese es Rostov, un cincuentón de aspecto farabute con problemas de diabetes. Ambos trabajan para Vonmiglásov. El semáforo se pone en verde. Sigamos.
Bajan por Basmannaya y doblan en una calle angosta hacia la zona oeste. Rostov se rasca la espalda contra el respaldo del asiento. Llevan las ventanillas subidas y la radio está apagada. Resuena la amortiguación estropeada del coche. Gira con los neumáticos el fluido del agua contra el pavimento. Flota en el aire un olor como a humedad de casucha, de perro ausente, que ellos ya no sienten. La gente en las veredas empieza a espaciarse a medida que avanzan. Tentiet se palpa el bolsillo de la camisa (lleva un papel doblado con una dirección). Es mediodía y no llueve, llovió temprano por la mañana. Rostov saca un caramelo del bolsillo de su campera y empieza a pelarlo con cuidado.
-Por esas casualidades, Tentiet –dice Rostov después de llevarse el caramelo a la boca-. ¿Vos no te estás culeando a la hermana de Vonmiglásov, no?
Tentiet lo miró y se le quedó mirando.
-No –responde.
-Me alegro por vos –dice Rostov.
-¿Esto es cosa tuya?
-Ojalá... ¿Vos te acordás cuando estábamos haciendo tiempo en La Norte?
-Sí, antes de ayer.
-Claro, el miércoles. ¿Te acordás que estábamos con Dasha y Verochka, y con nosotros esperaban Starzev, el Rufi, Korolov...?
-Sí –Tentiet se queda pensando en Verochka.
-Katerina entró a buscar un expediente –Rostov busca algo en los bolsillos que no encuentra- Te acordás dónde estaba el expediente.
-Qué se yo, Rostov, dónde estaba el expediente.
-Bueno, estaba en uno de los cajones de abajo del archivero. ¿Ahora te acordás?
-...sí, ¿y con eso?
-Y con eso, Tentiet, quedó el culo de la hermana de Vonmiglásov, ahí, apuntándonos a la cara; la locura a un brazo de distancia.
-Lindo culo.
-Sí. Y en seguida se va. Al rato, Vonmiglásov los manda a llamar, vos te vas con Starzev, el Rufi y Korolov, y yo me quedo un rato más conversando con Dasha y Verochka.
-Y ahí...
-Ahí me manda Verochka: “Tentiet le arrima la tapita a Katerina, ¿no?...” Me quedé medio desfasado, te confieso. No me entraba la idea, de que fueras tan pero tan pelotudo como para meterte con Vonmiglásov. Aparte de la “tapita” esa...
-¿Vos sabías que cuando come sandía a esa mina se le da por estornudar?
-¿A Katerina?
-A Verochka.
-¿Y eso qué quiere decir?
-Qué se yo lo que quiere decir.
-Bueno. Si no querés que te cuente, decimeló y dejémonos de boludeces.
-Seguí Rostov, por favor.
-Bueno, el asunto es que yo le pregunto, ¿pero por qué decís que le arrima la “tapita”? Y va y me dice: “¿No viste? Cuando entró Katerina, todos le miraron el culo, menos él” -Rostov se rasca otra vez la espalda contra el respaldo del asiento.
Siguen avanzando hacia el oeste. Rostov relojea algunas esquinas que van quedando atrás. Bordean las dársenas, toman la circunvalación y salen por Storta, bajando hacia el sur. Ahora Tentiet baja la ventanilla, escupe y la sube. Se cruzan una fila de camiones con jaula llevando un cargamento de caballos.
-¿Sabés en lo que estuve pensando estos días? –dijo Tentiet- En llevarme al viejo al bungaló.
-Eso no lo digas ni en joda –replicó Rostov-. ¿Cómo viene?
-Para el culo viene. Cada vez peor.
-¿Sigue llevando el Niño de Pleskov?
-Sí... Mirá, abrí la guantera. ¿Ves unas hojas sueltas? Fijate, estuve mirando unos libros.
Son cinco hojas. Tienen la letra manuscrita de Tentiet. Están arrancadas de un cuaderno. Rostov lee en silencio la de arriba.
“Hace no tantos años, en Washington, el Departamento de Armamento de EEUU dispuso un pedido a la Smith & Wesson para la entrega de 6000 revólveres del tipo Schofield .45. Esto supuso un abundante trabajo para la empresa, porque ya estaban fabricando más de 200.000 revólveres de calibre 44 para un pedido perso. Este encargo fue debido al trato verdaderamente majestuoso que se le dio al Señor de Pleskov (líder perso) en los EEUU. Un trato que incluyó, entre otras cosas, grandes cacerías con Buffalo Bill (Cody), en las que se mató un búfalo salvaje, presuntamente el último que quedaba. Con un total de unos 250.000 revólveres que fabricar, la Smith & Wesson tenía muchísimo que hacer, por lo que tuvo que descuidar el mercado nacional. Situación que la Colt explotó gustosa para vender el Colt Peacemaker en enormes cantidades. Además, el gobierno estadounidense estaba influido de tal manera por la Colt y la Remington que, al cabo de cuatro años, el Departamento de Armamento decidió hacer un importante pedido de revólveres Peacemaker para el ejército. Irónicamente, la Smith & Wesson recibió ese mismo año una medalla de oro en la Exposición del Centenario de Filadelfia, como fabricante del mejor revólver que se había hecho jamás para el ejército. Mientras tanto, como en la Iínea de revólveres de Smith & Wesson no había revólveres de bolsillo, la firma decidió ponerse al momento a llenar ese hueco. En pocos meses, introdujo un revólver de cinco disparos calibre 38, al que se apodó instantáneamente el Niño de Pleskov. Tres inviernos más tarde, se introdujeron más modificaciones en los revólveres de Smith & Wesson, entre ellas, el arco curvado del guardamonte del gatillo. Fue éste el comienzo del perfil distintivo de S&W, que puede verse en toda la colección de sus revólveres.”
Rostov levanta la vista del papel y mira hacia fuera. Las casas a los lados de la Storta son cada vez menos numerosas y más amplias, sin ser lujosas. Cada tanto aparecen algunos tinglados con sus respectivas torres de agua.
-Anoche directamente lo tuve que nokear –sale de repente Tentiet-. Lo subí al coche, lo llevé a su casa y lo acosté. No se puede...
-Así...
-Escuchá Rostov. Llega con una bolsa de riñones, con cara de compungido. Hagamos las paces, hijo, me dice, tomémonos unos tragos, hijo. Y le doy la espalda dos minutos, para buscar algo en la heladera, y el hijo de puta no va y me zumba dos tiros...
Rostov lo mira, pero no dice nada.
-Fijate en las hojas de la guantera –dice Tentiet. Fijate que hay una del Quijote.
-Ay, Dios...
-Dale Rostov, que está bueno lo que dice.
Rostov busca la hoja en la guantera.
“Quijote se pasa la vida peleando, pero no mata a un hombre...”
-Leelo en voz alta –lo interrumpe Tentiet. Rostov, resignado, recomienza.
-El Quijote se pasa la vida peleando, pero no mata a un hombre. ¿Qué pasaría si matara a alguien? ¿Enloquecería del todo o se curaría de la locura? ¿O entendería que su locura fue simulada? Sancho se entusiasmaría; le diría que ha matado a un caballero de nombre impresionante; Quijote, con tristeza, le replicaría que no, que mató a su vecino fulano de tal, hijo de tal y casado con tal; y que haberlo matado es horrible... Borges.
-El argentino.
-...
-¿Qué te parece?
-Que ese tipo no mató una mosca.
-¿El Quijote?
-Borges.
-Bueno, sí. Yo me quedé pensado en el susto del Quijote, antes de entristecerse... ¿Entendés, no?
-No.
-Es medio un disparate, pero por ahí lo despabila. Al viejo digo. Lo llevo al bungaló y amago con dejarlo para la cena.
-Y no te va a ver nadie, ni nadie se va a enterar, ni tu viejo va a abrir la boca después, ni se te va a morir de un infarto en el camino de vuelta. Un plan perfecto Tentiet, está a la altura de los de Stefarovich. Te enteraste de Stefarovich, ¿no? Viste en lo que terminó.
-¿Hablaste con el Rufi?
-No, si no habla él, mejor dejarlo.
Los dos se quedan callados sobre el traqueteo del coche.
-¿Cuántas rutas habrán hecho estos dos? Arriba de las treinta, fácil –calcula Tentiet.
-Sino más.
-Sino más...
Rostov saca otro caramelo del bolsillo de su campera y empieza a pelarlo. Son de regaliz.
-Igual Rostov, si no era por las cataratas anoche me manda para el otro barrio –continúa Tentiet.
-¿Le sacaste el Niño de Pleskov?
-No.
-…
-Es una cuestión de código, Rostov.
-…
Una moto de alta cilindrada los adelanta a gran velocidad. El motociclista lleva un casco negro con una estrella blanca sobre la nuca y una campera celeste inflada por el viento. Mira hacia el cielo a su derecha. Está pasando un helicóptero militar a baja altura, buscando algo. Es un Klimov TV3-117SB, uno de los pocos que todavía les funcionan. Ellos no se preocupan, están en veda con los milicos y no los van a molestar.
-¿A vos por dónde te llegó lo de Stefarovich? –pregunta Rostov.
-Por Korolov –responde Tentiet-. Está asustado Korolov.
-Y… Esto es un mensaje para todos.
Entran por un camino de barro. De pronto, el mediodía se transforma en una zona difusa, hecha con la espesura y las sombras de los álamos. Lo habían hablado otras veces. Al llegar a este tramo les agarra un adormecimiento parcial, están confusos con el día. Como si acabaran de despertarse de una siesta y todavía no pudieran discernir si se acostaron después del almuerzo o de la cena.
Tentiet bajó dos cambios y van en segunda. El camino no tiene más de tres metros de ancho. Doblan en una bifurcación que es aún más estrecha que el camino. Algunas ramas bajas rozan los cristales del Volga Gaz. Unos trescientos metros más adelante, se abre un claro y se extiende un jardín. En contraste con el bosque, parece haber aterrizado y no germinado este jardín.
La recorrida del sendero de grava, el color de las hortensias, las dalias y los agapantos, los setos de romero, el aire delicadamente agreste que emana del conjunto, un aire que, entre los pocos persos que saben de su existencia, despierta dosis conjugadas de admiración y temor, todo contribuye a recordar lo que Tentiet y Rostov no van ver, pero saben que sucede en ese lugar. Porque ahí, coronando el jardín en lo alto de una ligera elevación del terreno, está el bungaló. Lo que ellos, la gente de Vonmiglasov, llaman el bungaló: Una mansión de dos plantas bautizada como Villa Kran.
La estructura es de parantes y travesaños de madera, recubierta en su exterior por tablas horizontales de "machimbre inglés". La planta baja está rodeada por una galería que ocupa tres de sus cuatro lados. En su ángulo norte, una saliente de la sala que continúa en el primer piso, es coronada, a la altura de la cubierta, por un capitel octogonal. Las aberturas externas llevan celosías blancas de diseño no común en estas tierras. Está techada con placas de fibrocemento, por donde asoma una chimenea construida en piedra local. Dos balcones de piso cerámico se asoman al frente y uno en cada pared lateral de la casa. Un enorme tanque intermediario, anexo, provee el servicio de agua caliente
Comprada por la familia Vonmiglásov en 1981, en una tarde de lluvia gruesa, Villa Kran fue sometida pronto a algunas reparaciones, imprescindibles para asegurar su estabilidad. Fue así como, en el reverso de algunas tablas, pudieron leer las inscripciones de "Boulton & Paul". Eso bastó para confirmar la impresión que hubieran experimentado en las varias visitas que los Vonmiglásov efectuaron a la casa mientras vivía su propietaria original, Victoria Okala: la impresión de que, de repente, al abrirse una puerta, asomaría, no Victoria Okala, sino Myriam Hepburn. Esta última era la esposa de Larry Hepburn, un alto funcionario inglés con el que mantuvieron una breve pero conveniente relación, con motivo de un permiso de importación de carne ahumada. La casa de los Hepburn, que conocieron durante una visita a Londres en 1977, se les superponía en el recuerdo con la de Okala.
En marzo de 1984 la casualidad volvió a confirmar lo intuido: un folleto inglés de principios de siglo ofrecía edificios de madera y hierro, fijos y transportables, preparados para exportar. Boulton & Paul eran proveedores de su majestad, de los agentes de la corona para las colonias, del almirantazgo, de los gobiernos inglés, sudanés, sudafricano y egipcio, así como de las compañías ferroviarias Inglesas, sudamericanas y sudanesas. Un ejemplo detallado del catálogo, el Nº XY/6, un bungaló levantado en Le Touquet, Francia, por encargo del gobierno de Egipto, es exactamente igual a Villa Kran, aunque en una sola planta.
Volvamos ahora al Volga Gaz.
Entre los setos de romero ven a un niño en botas, jardinero y remera. Esta inclinado acuchillando la tierra mojada. El barro le cubre la frente y los brazos. Los ve llegar, pero no hace más, vuelve a su trabajo. Sale humo de la chimenea de la casa.
Se detienen frente a la galería vacía.
Casi no llegan sonidos externos a la cabina del Volga Gaz, sólo el de un viento suave. Desde la ventana del salón se asoman dos niñas rubias con coletas. Inescrutables. No sonríen, no están contentas, no tienen miedo. Rostov saca una ampolla y una jeringa del saco y empieza a cargarla.
-Vivos, siempre vivos –se lamenta.
Salen del coche y abren el baúl.
Las ventanas de la casa se poblaron ahora con más niños, amontonados y ansiosos por ver. La puerta principal esta abierta y un grupo de seis, los más crecidos, esperan en la galería a ambos lados de una camilla baja. Siempre son los mismos seis. Cuatro niños y dos niñas, de rasgos similares: Narices aguileñas, mentones hundidos, ojos acerados.
Un cuerpo se remueve en el baúl al quedar al descubierto. Es un tipo gordo, no pesa menos de 100 kilos, y bastante joven, tierno. Rostov le inyecta el opiáceo en el cuello; al gordo se le escapa un gemido. Está atontado por la droga y la repentina exposición a la luz lo ciega. En unos minutos, la nueva dosis aplicada lo volverá a trabajar, para dejarlo tumbado y sin reacción al dolor. Tentiet y Rostov lo ayudan a salir del baúl. Lo sostienen por las axilas y ponen sus hombros para que el gordo apoye los brazos. Van hasta la galería con paso errático. El gordo se les bandea para acá y para allá, pero no se resiste, apenas se puede mantener en pie. Uno de los niños, junto a la camilla, se limpia con el dorso de la mano un rejunte de saliva en la comisura de los labios. Los niños se apartan, para que ellos puedan acostar al gordo, quién se pone de costado, en posición fetal, sobre la tela firme de la camilla.
Rostov lo mira dormitar, mientras los niños empujan sin esfuerzo y la camilla rueda hacia el interior de la casa.